Autor
Observatorio Policial
Publicado: 15/04/2026 Actualizado: 09/07/2026
APROBAR NO BASTA
En las oposiciones a la Policía Nacional, aprobar todas las pruebas ya no significa nada. Puedes superar cada ejercicio y aun así quedarte fuera. No es un fallo puntual del sistema: es el sistema funcionando exactamente como está diseñado. Y ahí está el problema.
En la convocatoria actual, unos 3.800 aspirantes lograrán aprobar todo el proceso, pero solo hay 2.734 plazas. Es decir, más de mil personas perfectamente aptas serán descartadas.
No por falta de capacidad, sino por no encajar en una criba milimétrica donde unas décimas deciden quién sirve y quién no.
El modelo es claro: se suman las notas de conocimientos y físicas, se ordena a los aspirantes y se corta por arriba. Competencia pura y dura. En teoría suena justo. En la práctica, empieza a hacer aguas cuando se analizan los resultados reales.
Y es que los hombres obtienen una media de 14,89 puntos frente a los 14,43 de las mujeres. Medio punto de diferencia. Sobre el papel, irrelevante pero en un sistema de corte como este: decisivo.
Ese “detalle estadístico” es, en la práctica, la línea invisible que separa entrar o quedarse fuera.
Y no, no es anecdótico. Es sistemático. Las mujeres, en promedio, parten con desventaja. Y eso debería encender todas las alarmas en un proceso que presume de igualdad.
El argumento habitual es conocido: existen baremos físicos diferenciados para compensar diferencias biológicas. Pero si esa supuesta corrección no evita que el resultado final siga penalizando a un grupo de forma constante, entonces la pregunta es incómoda pero inevitable: ¿está realmente corrigiendo algo o es solo un maquillaje técnico para legitimar el resultado? Porque al final, lo que cuenta es el ranking. Y en ese ranking, las pruebas físicas siguen pesando lo suficiente como para inclinar la balanza.
En un escenario donde más de mil aprobados se quedan fuera, esa inclinación no es inocua: es determinante. Y todo apunta a que golpea más a las mujeres.
Aquí es donde el debate deja de ser técnico y se vuelve político y jurídico. El principio de igualdad no consiste en diseñar reglas aparentemente neutras y mirar hacia otro lado cuando los resultados son desiguales. Si un sistema produce sistemáticamente desventajas para un grupo, la neutralidad es una ficción.
Porque no basta con decir “las reglas son iguales para todos” cuando los efectos no lo son.
Y entonces surge la cuestión incómoda: ¿estamos ante un modelo de selección exigente o ante un filtro que, bajo apariencia meritocrática, perpetúa diferencias estructurales?